Cuerpos ondulantes
“Lo que más me molesta es la suposición de que esto lo hago por puro placer personal. Placer físico ¿sabe?”.
Lo miro a los ojos. Tiene ojos que a mí se me ocurren libidinosos. Se da cuenta que estoy chequeando en su mirada lo que me dice.
“No, para nada. Lo desmiento. Hay un juego, sí, no lo voy a negar. Es como un juego, en el que dos están envueltos”.
Hace una pausa, cambiando el tono de voz.
“Sin embargo, me da pudor hablar de estas cosas. Nunca se lo dije a nadie”.
Me mira con alguna angustia un tanto estudiada. Le encanta hablar de esto y se le nota. Pero le da vergüenza que no le dé vergüenza.
“Continúe, por favor. Su historia es importante para mí”, lo animo.
“Es que tantas veces se confunde todo, tan fácil. Bueno, yo al principio seguro tengo una erección. ¡Pero me pasa a menudo, eh! Me pasa siempre que estoy un poco nervioso. A veces, cuando me llaman a dar sangre, me dan unas fuertísimas, por las agujas, creo”.
“Yo le hablo a mi pareja –yo le digo así, “mi pareja”, porque desde ese momento en adelante, ella es la cosa más importante del mundo para mí, más importante que yo… ¡más importante que mi vieja, jaja!-. La tranquilizo. Le explico que vamos a hacer un buen trabajo, que se saque cualquier idea previa que tenga en la cabeza. Si ya nos conocemos, y la última vez salió todo bien, hasta me alegro. Pero si salió mal le explico -en mi opinión- qué hay que corregir. Cortito, ojo. No quiero perder el tiempo. Pero no soy un bruto”.
“La ubico con comodidad y comienzo mi trabajo. Al principio, quizá por la ansiedad de las partes, por la erección o lo que fuere, la cosa cuesta un poco. Con las dosis correctas, la química empieza a fluir. Me relajo y ya no me persigue mi pija dura. Se me amorcilla, se distiende. El mundo alrededor se esfuma, desaparece”.
“Si estoy haciendo mi trabajo correctamente, pronto soy el que manda. En ese momento me siento un artista, un músico, un pintor con una tela a medio empezar. Busco los puntos armónicos, esos lugares secretos en que cada uno de nosotros vibra como una cuerda de violín con el mínimo esfuerzo. Sé que algunos son verdaderos animales. Demasiada violencia. Me da un placer secreto el ser medido. Máxima eficiencia”.
“Si las cosas van bien, llega la etapa más importante; el aire se carga de energía, mi pareja oscila como una bandera, y cada parte de su cuerpo adquiere entidad separada. Las piernas se contraen o se extienden, esperando mi toque sutil. El abdomen sube y baja, como un pistón. La cabeza se va para atrás. Le digo una cosa, en confianza: muchas mujeres que son medio del montón, si usted las ve en ese momento, se vuelven hermosas. Los pezones duros, las tetas erguidas, la pelvis adelante. Y todas, todas se mojan”.
“Pero en lo personal, me gusta mucho el ombligo. Dice mucho de cómo está viviendo la experiencia la persona. Su movimiento, su danzar al compás de los pequeños espasmos involuntarios. Estamos bailando juntos”.
“La respiración se vuelve un jadeo entrecortado: súbitas tomadas de aire preceden a largas retenciones. Ahí sí, en algún momento, nos ponemos un poco zafados. No faltan algunos insultos, porque el morbo se dispara. Ojo, yo lo hago por mi pareja. Soy muy católico y no tolero las groserías fuera de contexto. Pero usted debe saber que ‘puto’ es lo que más me han dicho. ‘Dale puto ¿eso es todo lo que tenés?’. Yo suelo contestar en ese mismo tono y aumento la intensidad de la faena. En realidad, eso está bien, es nuestra comunicación. No hay nada personal en eso. Lo entiendo y después me olvido. No me resiento”.
“Cuando veo que la cosa está como saturada, y cerca del final, me detengo un momento: mi pareja, que hace rato tiene los ojos cerrados, los abre. Espero que lo haga. Mi rostro está a escasos centímetros del suyo, siento su aliento condensado en mi nariz. Dejo que me mire, mientras toma aire. Las pupilas dilatadas, el iris acuoso de las lágrimas. Me da enorme placer ¿sabe? Es un segundo, nada más”.
Ha ido bajando la voz, como si contara un secreto. Pero de repente la sube, con un gesto teatral.
“Entonces, con una descarga plena, concreta, le doy con todo lo que tengo. Y a esa altura, me sé de memoria sus lugares sensibles, los que producen la máxima tensión. Suelo decir algo así como: ‘Esto no es nada, recién empezamos ¿Quién es el puto, ahora, eh?’ Es mentira, estoy a full, pero es necesario mantener el misterio. Ni mi pareja ni yo aguantaríamos mucho más: estoy totalmente transpirado, no importa si es verano o invierno, y me tiemblan los brazos. Descubrí que un par de golpes ayudan. Puedo dar algunos golpes, pero depende de mi pareja. A veces es como que lo piden ¿vio?”.
“Ahora grita. Grita con pasión, buscando descargar toda la electricidad en un largo grito, infinito, dirigiéndola hasta el techo, al cielo, al cosmos. Es por eso que estas cosas no se pueden hacer en un lugar indiscreto ¡Vaya a saber qué van a pensar los que escuchen!”.
“Ya está lista. Mi pareja está en su centro, receptiva como no lo estuvo nunca. Ahí mismo debo detenerme. Acostumbro sellar ese instante con una caricia inocente y una palabra de apoyo. Sé que no es fácil para ella”.
“Llamo al oficial de inteligencia, que está afuera esperando. Mi pareja deja de serlo en cuanto pasa a manos de otro. Rara vez la vuelvo a ver. Me alejo por el pasillo, cansado pero satisfecho”.
“Íbamos a ganar esa guerra como sea, pero no había por qué ser unos salvajes”.
Apagué el grabador. Le dí unas gracias que no debí haber dado, y salí por Corrientes, rumbo al subte. Tenía la boca seca y la presión baja. Pasé por un kiosco de diarios y vi el titular. Vivo en una burbuja desde hace un par de semanas, maldita sea.
Ahora entiendo por qué tanta seguridad para hablar en el ahora brigadier Norton.
Alfonsín había anunciado la ley de Punto Final hace un par de días, y todas las causas por torturas y desaparición de personas durante la dictadura militar se habían detenido.
“Sólo falta que los indulten”, me dije.
(Un párrafo al final de “El Vuelo” de Horacio Verbitsky me inspiró esto. Mi cerebro se niega a entender cómo fue posible).
Add comment Septiembre 27, 2007