Nada de lo que hice previamente en mi vida, justificaba el que un día apareciera en uno de los arrabales más pobres y peligrosos de Buenos Aires, de traje negro, gringo tiernito, con veintitantos años. Y un maletín lleno de dinero.
Estaba acompañado por dos señores guardaespaldas (los llamaré El Mudo y El Parlante, por su capacidad de hablar o callarse sin intercambiar roles) cedidos gentilmente por mis empleadores, para mi protección -o la del dinero, mejor-.
Mi misión al suburbio fue producto de un diálogo bastante complicado entre mis jefes y yo. Cuando se lee “yo” debe leerse: “hombre de confianza en negocio legal con jefes de dudoso prontuario y sospechosos de manejar dinero turbio”. Y no es que no lo supiera, pero yo sólo vendía agendas, administraba las rencillas entre las empleadas y me peleaba con los proveedores. Siempre supe que algo olía a podrido en el aire, pero el tufo era disimulable con un poco de fingida e ingenua ignorancia.
“Pibe, estamos enterrados hasta el cuello con B. y nos pide que nos metamos en una cuestión complicada. Hay mucha plata y cosas más pesadas en el medio, y no queremos patinar. Te vas a encargar de manejar un dinero que no es nuestro, y que sólo te confiamos porque sos el único con quien contamos”.
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Abril 29, 2007
Cuando me contaron la historia de Mabel y Alberto me imaginé las posibles caras de desprecio de mis amigos snobs, si les contaba. Son mis amigos, seguro, pero qué distintos somos a veces. Me gusta fastidiarlos -levemente- así que les contaré esta historia:
Mabel es una mujer menuda, con ese castaño claro que nunca es rubio y unos ojos marrones bastante comunes. Fue muy delgada de joven, pero desde hace unos años ha ido acumulando peso y se le ha deformado un poco el tipo, quizá por los embarazos, pues es bastante sobria para comer. Tiene treinta y nueve años y dos hijos. No deslumbró nunca a nadie, pero tampoco es fea. Suele irle en contra el eterno “de entrecasa” de su ropa, que es demasiado grande arriba de la cintura o demasiado apretado por debajo.
Los niños son la luz de sus ojos: Lucas, de nueve, un bandido tierno y gracioso, apenas desobediente, que se la pasa leyendo historias de piratas. Marcia, la nena, tiene once y ya es soñadora y gentil. No son complicados, han vivido sin padre -desde su muerte- casi toda su corta vida y aceptan a mamá Mabel como la autoridad sin discusión.
Mabel trabaja de ordenanza en el Registro Civil. No gana demasiado, suele tener dificultades, pero a fuerza de relegarse como motivo de gastos, ha dado a sus niños una vida bastante neutral, sin lujos pero sin penurias.
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Abril 22, 2007
Hola, soy Juan. Bueno, no Juan-Juan, el que ustedes pudieron conocer. Soy un Juan-Alterno. Soy el Juan que nació normal, sin taras de nacimiento. Adquirí algunas al crecer, pero no estoy aquí para hablar de eso.
Juan, el de ustedes, es un lindo chico. Bueno, mejor dicho: yo lo soy, y a veces olvido que si bien somos el mismo pero en dos líneas temporales paralelas -y cada uno tan Juan como lo es-, no somos iguales. Él pudo ser lindo pero le tocó su realidad, por desgracia. Su madre (que es como la mía, se llama como ella, pero tiene a este Juan -me resisto a decir defectuoso-) tomó algunas drogas en la gestación que deformaron el feto y le provocaron las taras de las que hablé y que no tengo. La mía cuidó mucho qué ingería y siempre me decía que era hermoso como un sol.
Perdón, estoy aquí por Juan, el otro.
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Abril 21, 2007
Recién acabábamos de hacer el amor, por última vez.
Era el jueves de semana santa. Llovían gotas pesadas, intermitentes. No teníamos dónde ir, nunca lo tuvimos. Así que la noche se nos había hecho en plena calle, en nuestros corazones y también tiñendo los árboles y el cielo. Como dos vagabundos, mientras todo el mundo iba por reparo seguro a la borrasca, nosotros buscábamos un lugar al resguardo vano de las miradas ajenas, alguna intimidad a la vista de todo el mundo.
Llorábamos, con inconstancia, imitando a la lluvia. Yo mucho menos, pero igual era casi llorar demasiado para mi gusto. Cada tanto, reparando en la inverosimilitud de mis lágrimas, ella me las enjugaba y soltaba más de las suyas, como queriendo hacerlo por mí.
-Yo sé que esto no es el final. No puedo imaginarte lejos. No puedo imaginar mi vida sin vos -dijo, con algo de bronca, entre dientes apretados-. Puedo imaginar que aparecés cada tanto, a lo largo de los años, y todo vuelve a ser real.
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Abril 19, 2007