El Parlante, el Mudo y yo.
Abril 29, 2007
Nada de lo que hice previamente en mi vida, justificaba el que un día apareciera en uno de los arrabales más pobres y peligrosos de Buenos Aires, de traje negro, gringo tiernito, con veintitantos años. Y un maletín lleno de dinero.
Estaba acompañado por dos señores guardaespaldas (los llamaré El Mudo y El Parlante, por su capacidad de hablar o callarse sin intercambiar roles) cedidos gentilmente por mis empleadores, para mi protección -o la del dinero, mejor-.
Mi misión al suburbio fue producto de un diálogo bastante complicado entre mis jefes y yo. Cuando se lee “yo” debe leerse: “hombre de confianza en negocio legal con jefes de dudoso prontuario y sospechosos de manejar dinero turbio”. Y no es que no lo supiera, pero yo sólo vendía agendas, administraba las rencillas entre las empleadas y me peleaba con los proveedores. Siempre supe que algo olía a podrido en el aire, pero el tufo era disimulable con un poco de fingida e ingenua ignorancia.
“Pibe, estamos enterrados hasta el cuello con B. y nos pide que nos metamos en una cuestión complicada. Hay mucha plata y cosas más pesadas en el medio, y no queremos patinar. Te vas a encargar de manejar un dinero que no es nuestro, y que sólo te confiamos porque sos el único con quien contamos”.
No sabía qué decir. La verba mafiosa manipuladora, que soba el lomo y compromete a la vez, impide negarse sin ponerse en riesgo. La sola mención de B. hace correr un frío por el espinazo a gente mucho más densa y endurecida que yo. Y a mi la invocación me había provocado una expresión de terror que mis dueños captaron al instante, y aprovecharon. “La señora” fue la que me hizo la mayor insistencia en la confianza y todo lo demás.
Éramos los tres, un maletín lleno de billetes, una lista y un Ford.
Nos metíamos en la villa, llegábamos a una casucha y nos recibía con algo de pompa un señor en bermudas, musculosa y una cadena de oro. O una señora un tanto perfumada y maquillada de más, con ropa demasiado color rosa para el ambiente. Siempre esquivábamos una docena de niños antes de entrar que, al ver al atildado papanatas de traje, acechaban un posible cartereo -los más grandes-, o sacar una moneda -los más chicos- (“¿Don, me da una moneda?”).
Una villa es, primero, ese montón de niños y púberes en diferentes estados de desnudez, delgadez y desfachatez, y perros detrás de esos niños; segundo, diversas mujeres gigantes y desdentadas gritándoles a los niños y a los perros; y tercero, un impresionante conjunto de casillas de chapa, cartón, madera o ladrillo hueco, de donde esos niños y las gritonas entran y salen sin ton ni son, mirándolo a uno siempre de reojo. Casuchas llenas de ropa colgada, basura desperdigada y mugre adhesiva, adosadas a callejones intrincados e inverosímiles, que pueden pasar por el medio de un barcito, la seudo habitación exterior de un abuelo expulsado del rancho por toquetear nietas, o al lado de una pringosa cortina que hace las veces de puerta de una hedionda letrina.
La primer semana fue tranquila, se hicieron las entregas, se firmaron los recibos. La gente sabía a que íbamos y estaban contentos con la “atención de la señora y el señor B.”. Uno de mis “protectores”, el Parlante, me presentaba –ignoraba al otro, que jamás emitió sonido-. Yo daba la mano –invariablemente se asombraban de ese gesto primitivo- y me la levantaban haciendo el típico saludo basquetbolístico entrelazando los pulgares.
Mis nervios no me traicionaron, a pesar de los fajos de billetes que cambiaban de manos y el entorno. Parecía un trabajo jodido, pero no era tan complicado.
El segundo día de la segunda semana, salimos con nuestra ruta de personajes a visitar. El maletín de verdad pesaba.
Llegamos a un lugar más dolorosamente agarrotado por la desidia y la pobreza. Este lugar era distinto. Y también nos esperaban.
Una especie de reunioncita de veinteañeros como yo, alrededor de un cincuentón gordo y petiso, nos recibió y nos abrió, apenas, el paso. El Mudo se puso delante, sacó un arma plateada y grande, la amartilló y se la puso recostada sobre el pecho.
El ambiente era tenso. Precisamente yo era el punto débil. Débil absolutamente. Me dí cuenta porque todos, todos, me miraban a mí. Éramos una caravana de tres en fila india, conmigo en el medio.
El que siempre hablaba, el Parlante, me empujó con una cosa dura en las costillas. Fue visible el gesto, y doloroso. “¡Dale, ni mires, gil!”.
Llegamos a un lugar que supongo estaba precisamente en la mitad del largo y angosto terreno que ocupaba el caserío. Una vivienda de material, más valiosa que las demás si se quiere pero que igual compartía los inverosímiles ángulos, nos atajó el camino junto con cuatro personas. Me dí cuenta que eran tan inexpresivos y serios como mis protectores. Se escuchaba Karicia, un grupo de cumbia de moda entonces, a lo lejos. Olor a basura y a milanesas. Eran las seis de la tarde. Se oían a unos muchachos que gritaban y pateaban lo que supuse era una pelota de fútbol.
Un gordo que casi me alcanzaba en altura, se me paró adelante. Tenía olor a ajo –a ajo de milanesa- y una semisonrisa.
- Uh. ¿Me trajiste a la nena? ¡Ja!.
Aclaremos. No soy un cagón. Peleo bien. Y tengo la suficiente inconciencia como para atacar al gordo yo primero. Pero era evidente que ese no era mi papel.
Intenté esquivarlo, pero el Parlante me agarró –siempre andaba detrás mío- y le dijo:
- Olivate, gordo, que en Olmos tenías mas novios que la hermana de éste, -dijo, mirando a un cuarentón que se agarraba la entrepierna en un gesto típico.
Alguien silbo. Un silbido típico. El gordo-puerta se corrió y pasamos.
El Mudo hizo un gesto ostensible, desamartilló con un seco chasquido la Colt King Cobra 38 y se la guardó en el cinto, a la altura del bazo. A mi espalda escuché el mismo sonido, pero de lo que después ví era un Smith and Wesson, .38 Special.
Estaba más nervioso a cada paso que dábamos. En el fondo, me tranquilizó un poco el acatamiento que hicieron al cacareo del Parlante. Pero la tensión se respiraba.
La casucha estaba amueblada con lo que en esos alrededores podía considerarse lujo. Mucho plástico cromado y baratijas del Once. Un juego de comedor kitch con su correspondiente modular más kitch aún.
Nos recibió otro modular humano, una montaña de carne, un verdadero orangután de los grandes. Yo era un niño a su lado. Una señora en chancletas lo dejaba y se perdía por una puerta en el exacto momento que nos hacia señas para sentarnos con él a la mesa.
Mesa de póquer. Todos serios y circunstantes. Mi espíritu no estaba conmigo. Me la olía venir, quería irme, estar lejos. Comprendí donde estaba y que yo sólo podía ser una victima, nada más que eso.
El orangután me dio la mano, se presento con pompa y sorna.
-Si no me conoce, soy José Villita –nombre falso pues el real no lo recordaré jamás.
-Un gusto…
E ignorándome, se dirigió al Parlante. El Mudo, no hace falta decir que no se sentó. Estaba a mi lado. Al lado del maletín, como comprobé cuando lo cambié de lado.
-Mirá, esto es así. Ya me enteré que anduvieron untando perejiles de la villas, pero ya les saqué la guita a todos. Se equivocaron, primero tenían que venir para acá. Ahora es tarde, ya arreglé con M. (un político medio oscuro bonaerense, sin el peso de B. pero con la plata que le venía como torrente de arriba. Muy arriba). Igual, ya saben como es esto. Los dejamos entrar, pero para salir se dejan la mosca y todos amigos.
Percibía con el rabillo del ojo como el Mudo estaba pendiente de todo. Y miraba la puerta por donde se había ido la mujer. Se oía a unos chicos jugando con un jueguito electrónico. Una consola SEGA Génesis, intuí.
El Parlante me hizo una seña, que no entendí.
-Dale, pendeja, dale la guita al señor.
Agraviado y nervioso, subí el maletín a la mesa y me dispuse a abrirlo. El Parlante puso una mano encima.
-No boludo, el maletín también.
El Mudo se movió detrás mío, casi acompañando el movimiento del maletín. Pero divergió un metro. Se puso al lado de la puerta lateral. En un momento, casi en cámara lenta lo vi relumbrar el revólver y disparar hacia adentro de la puerta.
El fogonazo y el repentino reventón de la treinta y ocho recortada nos hizo saltar a todos.
El televisor de la habitación contigua reventó casi en consonancia, pero más apagado. Se oyó un chillido. El Parlante me manoteó el maletín en algún momento, pero no sé ni cuando se puso de pié, yo estaba sobrepasado totalmente. Tenía el arma en la mano y se la había puesto casi en la cabeza al gigante. Me paré de un salto, justo cuando dos tipos aparecieron en la puerta exterior. A uno lo vi mirarme. Lo miré mirarme. Otro disparo. Sentí como alguien invisible me tiraba del saco hacia adelante. No había nadie.
Confundido volteé al escuchar otro grito y vi al Mudo con la vieja entre los brazos, el revólver amartillado y la cara tan imperturbable. Su papel, obviamente, no era hablar.
El Parlante les dijo a los que estaban en la puerta “’Rajen!”, pero no dejaba de mirar a José Villita que estaba blanco. La mujer era evidentemente su madre.
Puedo hacer alguna reconstrucción, pero yo esperaba un balazo en cualquier momento. Todos gritaban. Y yo estaba casi en trance.
Salí por la puerta primero, huyendo. Alguien me revoleó una patada, me hizo perder el equilibrio y me torcí el pie por evitar caerme. Salieron los dos con la mujer, y volvimos a deshacer el camino. Sentí piedras caer cerca nuestro y el inconfundible reventón de los disparos. Cuando pensé que ya llegábamos al auto, un cascote me dio en el medio de la cabeza y me dejó aún más aturdido aunque no sentía realmente dolor. Esa piedra me salvó la vida, creo.
Comprendí que yo debía manejar y me metí en el auto. Tenía copia de las llaves. El Parlante me gritaba no sé qué.
Subieron atrás, incluida la vieja, que lloraba lastimosamente. Tenía sangre en la ropa.
Salimos como un cohete, el Ford Falcon daba golpes contra todo lo que estaba cerca. Llegamos al Camino del Buen Ayre, que estaba casi en el patio trasero de la villa. Subí la rampa tan rápido que casi volcamos y nos damos contra el guarda rail opuesto. Me dí cuenta que teníamos una rueda pinchada y la llanta daba en el asfalto.
Cuando mi capacidad de asombro se empezaba a estabilizar, desde la nada salieron una docena de tipos que nos descerrajó, desde un costado de la autopista, seis o siete disparos. Ninguno, ninguno, dió en el auto.
Sentí el revolver de el Parlante en mi nuca.
-Pará que largamos a la vieja.
-¡Está herida!
-Bueno, dale, llevala al Castex –me dijo con ironía.
Paré, sentí que una puerta se abría. Y un grito se cayó del auto.
Tantas cosas no sé sobre todo lo que ocurrió. Si la mujer estaba herida, si fue el Mudo, si esa bala que me perforó el saco era la que me perdonó la vida o la que me la condenó… He recurrido miles de veces al recuerdo para ver si podía quedarme tranquilo. Nunca pude encontrar esa tranquilidad. Pero inventé en mi cabeza, que la mujer se hirió con los vidrios del televisor. Si no, yo no estaría aquí.
Seguimos hasta antes del peaje. Paramos otra vez. El Mudo y yo cambiamos la cubierta pinchada en menos de un minuto.
Volvió al volante el Parlante, el Mudo se sentó a su lado y yo atrás. No tenía el maletín. Estaba en la falda del Mudo.
Fuimos para José C. Paz, cuando tendríamos que haber girado para Márquez, por Panamericana. Yo seguía tan desesperado que no conectaba. Y se venía el remate.
Paramos en un galpón. El Parlante se bajó del puesto del conductor y me gruño que me bajara. Abrió un portón, mientras el otro se corrió para manejar.
Metió el auto y sacó un Renault 18 rojo. No veía el maletín.
-Pendejo, de esto que pasó ni una palabra a nadie. Nos robaron y listo. De pedo nos escapamos…
Algo vió en mis ojos, porque se me acercó, me puso el caño en el estómago y me miró fijo. Yo no me amilané. Mis ojos no se amilanaron, mis ojos no son cobardes. Volví a esperar el disparo.
El Mudo vino de atrás, me tomó de los hombros y me arrojó al pasto. Sacó el arma otra vez y me disparó tres veces a los pies. Sin tocarme, a propósito y rapidísimo.
-No me importa qué digas, sólo que nos robaron. Cuanto menos cuentes, mejor para vos, menos mentiras. A la señora, que se joda por meterse donde no debe. Mañana te voy a cruzar un par de veces, porque tengo que ir a su negocio. Ojo.
Me levantó algo más consideradamente y me sacudió.
Me dejaron en Unicenter Shopping.
Nadie jamás supo que pasó realmente. Ni yo.
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1.
toi, anais | Mayo 17, 2007 at 2:37 am
me dejaste la piel de gallina, vráiment…
hablando en serio, no conozco muchas personas capaces de poner en palabras algo tan brutal con este nivel de realismo.
Adieu, bonne vie!