Nada de lo que hice previamente en mi vida, justificaba el que un día apareciera en uno de los arrabales más pobres y peligrosos de Buenos Aires, de traje negro, gringo tiernito, con veintitantos años. Y un maletín lleno de dinero.
Estaba acompañado por dos señores guardaespaldas (los llamaré El Mudo y El Parlante, por su capacidad de hablar o callarse sin intercambiar roles) cedidos gentilmente por mis empleadores, para mi protección -o la del dinero, mejor-.
Mi misión al suburbio fue producto de un diálogo bastante complicado entre mis jefes y yo. Cuando se lee “yo” debe leerse: “hombre de confianza en negocio legal con jefes de dudoso prontuario y sospechosos de manejar dinero turbio”. Y no es que no lo supiera, pero yo sólo vendía agendas, administraba las rencillas entre las empleadas y me peleaba con los proveedores. Siempre supe que algo olía a podrido en el aire, pero el tufo era disimulable con un poco de fingida e ingenua ignorancia.
“Pibe, estamos enterrados hasta el cuello con B. y nos pide que nos metamos en una cuestión complicada. Hay mucha plata y cosas más pesadas en el medio, y no queremos patinar. Te vas a encargar de manejar un dinero que no es nuestro, y que sólo te confiamos porque sos el único con quien contamos”.
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Abril 29, 2007
Hola, soy Juan. Bueno, no Juan-Juan, el que ustedes pudieron conocer. Soy un Juan-Alterno. Soy el Juan que nació normal, sin taras de nacimiento. Adquirí algunas al crecer, pero no estoy aquí para hablar de eso.
Juan, el de ustedes, es un lindo chico. Bueno, mejor dicho: yo lo soy, y a veces olvido que si bien somos el mismo pero en dos líneas temporales paralelas -y cada uno tan Juan como lo es-, no somos iguales. Él pudo ser lindo pero le tocó su realidad, por desgracia. Su madre (que es como la mía, se llama como ella, pero tiene a este Juan -me resisto a decir defectuoso-) tomó algunas drogas en la gestación que deformaron el feto y le provocaron las taras de las que hablé y que no tengo. La mía cuidó mucho qué ingería y siempre me decía que era hermoso como un sol.
Perdón, estoy aquí por Juan, el otro.
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Abril 21, 2007
“¿Morirías conmigo?”
La inesperada pregunta rompía la amorosa atmósfera post coital, súbitamente contaminada por una fétida niebla de aberración y lobreguez. La muchacha hacía la pregunta, casi en un susurro, cuando la introspección silenciosa que le producía cada “te amo” llegaba a su clímax.
Los interlocutores recibían este repentino chorro de agua gélida en el pleno de sus ardientes ensoñaciones con reacciones diversas: asombro, temor, enojo, indiferencia, candidez o desprecio.
Pero era la pregunta correcta, inflexiva, que determinaba si esas promesas de amor y veneración tenían el enfoque correcto.
Aparte de formularla en el momento justo, cuando el amante ardía en su propio rescoldo pasional, sabía como debía ser respondida correctamente y discernir entre todos los matices posibles de un si. Porque hubo quienes contestaron “¡Sí!” con demasiada ligereza, sin entender que la pregunta no era figurativa, sino completamente literal. Otros, quizá, hubiesen contestado afirmativamente a largo plazo, pero entendieron que se les preguntaba si morirían ahora mismo y temieron consentir su temprana muerte en manos de una loca suicida.
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Febrero 18, 2007
Mientras terminaba su oficio vespertino, el Padre Guillermo notó ciertas miradas duras y ceños fruncidos en los pocos fieles presentes. Normalmente le resultaban afables o indiferentes.
Eran tan pocos que mientras repartía la eucaristía la fila no completaba la docena de personas.
Pensó, sin perder el hilo de la misa, en cómo se corren los rumores. Nadie le puede dejar de creer a un rumor.
Su mirada recorría la nave de la iglesia con rostro hierático, sin demostrar nada ni detenerse en nadie, pero totalmente consciente de la expresión parca de cada uno de los feligreses. Estas técnicas no escritas se aprendían en el seminario, cuando bajo la severa tutela de los diversos guías espirituales se aprendían los secretos de la misa bien cantada. Se aprehendían también el tono monocorde y la súbita subida de entonación cuando se hacía advocación solemne a alguna de las personas de la Santísima Trinidad, o a la misma Virgen (la favorita de siempre de los sacerdotes que tenían problemas con la opresiva mirada asexuada del Señor).
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Febrero 13, 2007
Una tarde el mundo se echó a perder. Es decir, ya estaba mal, pero de repente todas las fuerzas que habían permanecido aparte (Belcebú, por ejemplo, solo se podía percibir en algunas películas, pero en la vida real el hombre había asumido su papel con creces). Y los demonios, aparte de ser malos, son entes poco afectos a rehacer lo que ya está hecho.
Pero entre la tortura del abismo y la barbacoa, se dieron cuenta de que el mal era desparejo. Y si hay algo que un es demonio, es democrático. No porque quisieran desparramar la maldad en partes iguales, sino porque les da lo mismo un pobre muerto de frío que un acaudalado jeque árabe. En todo caso, saben que los dos tienen el mismo derecho a sufrir.
Entonces mandaron a Algrin, un demonio especialmente cruel. Al que debía matar lo dejaba casi muerto, pero le quemaba la casa. Si debia destruir todas las cosechas, dejaba algunas, intocadas en medio de la devastación, para sembrar la envidia y el agio. Pero al que no le tocaba la cosecha, le enfermaba al hijo de una enfermedad larga y mortal.
El demonio comenzó su tarea de manera sistemática y persistente. Debía hacer el mal sin mirar especialmente a quién. Y le fue dado el don de poseer la “Doble Maldad”, que contenía la maldad de los propios demonios y la de los humanos. El don de la Triple Maldad solo puede conferirlo Dios mismo, y hasta ahora no lo ha hecho.
Algrin, cada tanto, era percibido como una asqueroso reptil, un grifo con ojos de rubíes incandescentes, como monedas de plata al rojo. Tenia alas de murciélago y su piel era negra y llena de verrugas supurantes. Podía poseer los cuerpos y no habia poder temporal que lo combatiera.
El mal aumento en una proporción de uno a tres. Fue terrible para la economía mundial. Las instituciones humanas centenarias caían entre el odio, la mortandad y las pasiones irrefrenables. Nadie estaba a salvo de él: los papas, los violadores, los esclavos, los enfermos. Estadísticamente perfecto: del universo total de seres humanos cada tantos mil, algunos cientos eran sistemáticamente desposeídos, ultrajados y engañados.
Un grupo disperso, la escoria del viejo mundo, la espesa cochambre llena de hambrientos y víctimas acobardadas, también percibió su presencia.
Lo llamaron Algrin, el vengador.
Noviembre 15, 2006