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Casi una estrella

Sábado a la noche. Fumo como un condenado mientras camino rápido hacia un antro de mala muerte. “Blues y algo de jazz”, dijeron mis amigos. Suficiente, por lo menos. Es algo.
Veo estas casas sin vida y el desapego me invade. Desde hace semanas tengo una sola idea en la cabeza. La idea del reo de cárcel, del hombre casado con una mujer insoportable, del marino con seis meses en el mar: escapar. No importa dónde. Pero quiero irme.
Esta ciudad intenta retenerme, pero sólo logrará centrifugarme más lejos. Igual, la espera me mata.
Con sorpresa veo a Carlos entre el mar de cabezas, a la entrada del bar: un hombrecito pequeño, con cara de niño viejo, su infaltable guitarra enfundada y colgada del hombro.

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2 comments Febrero 21, 2007

Margarita.

El verano ponía su toque húmedo y sofocante a una Buenos Aires nocturna, que se dejaba embromar sumisa.
Los bohemios son escasos en estas condiciones. Sólo los de la creme somos capaces de sufrir esta densidad atmosférica de sótano con un whisky dudoso entre el vaso y el garguero. Con tal de llenar la oreja de jazz y blues…
Margarita es una hermosa morena, pasando los cuarenta. En la barra de este piringundín, toma muy espigada un champán nacional con un énfasis tal, que merece mas bien uno franchute. Pero es lo que hay.
Sonríe cuando algún galán le dedica una mirada de halago. En alguna parte sentida, cierra los ojos y contonea módicamente un corto vestido negro, sincopando el ritmo aún más. El piano presume de esa conmoción, porque se adorna mejor con silencios y semifusas.
Margarita fue bailarina, media vedette sin suerte y menos convicción, novia eterna -en las sombras anónimas- de un músico otrora de mediana fama (que cuando no se sentía visto ni oído podía tocar Summertime como los dioses), a quién acompaño de gira -sin ilusión ya, pero era lo que había- a México y España. La abandonó en pleno Madrid, una noche de Julio tan caliente como este Enero, después de una discusión estúpida.
En una buhardilla española pasaron sus quince minutos de fama desapercibidos, entre la droga fácil y la vida dura, musa y modelo de un pintor lleno de dudas y complejos.
La cazó una razzia anti ilegales marfileños y la deportaron bastante vehementemente. “Sin empleo y sin oficio”, decia la causa.
Hoy trabaja en un negocio de Barracas y apenas le alcanza. Sale a flote haciendo unas velas caseras que prepara a pedido, con lo que está cosechando una fama de manosanta que la incomoda pero es lo que hay.

“El Saco” está sentado solo en la mesa que más interrumpe el paso entre el dudoso escenario y la barra. Es un hombre canoso, percherón, bien vestido (de ahí el sobrenombre de “El Saco”, que los mozos y habitués del lugar le pusieron -con algo de matufia rea y lunfarda- porque le quieren sacar propinas o tomarle un poco de ese whiscacho importado). El no ignora estas intenciones. Aprovecha la fingida simpatía y deferencia que provoca su billetera, para ser unos de los parroquianos más insoportables del planeta. Pide “más de la porquería esta” a los gritos, demanda canciones a los músicos que ellos jamás complacen (para tocar por plata, mejor estar en Grandes Valores o en algún combo salsero de los que tocan por Constitución), y dice piropos semi obscenos a cuanta mujer sola pase cerca. Las pocas prostitutas que frecuentan el local visitaron ya su escasa generosidad hace tiempo y hartas, se le alejan.

Ese modestísimo champán que bebe Margarita fue atención del hombretón. Lo aceptó con un guiño al mozo, que se jugaba la propina.
Los maestros terminaron una versión muy sutil de “Take me to the moon” y fueron al descanso con un “Gracias, son ustedes muy amables”. Cuatro aplausos y la interrupción del respetuoso silencio les iba llenando la espalda a medida que se retiraban hacia los baños (y hacia la anhelada nueva puesta en órbita).
El pianista pasó adrede cerca de Margarita y le dedicó una mirada de reconocimiento (“Vaya, hoy vale la pena tocar para vos”, pareció decirle). La morocha sonrió como sólo una morocha puede hacerlo.
“El Saco” aprovechó el momento para aparecerse con una sonrisa de fauno jubilado e interrumpir (”Interrumpir” debía ser su segundo nombre) la tácita comunicación.
- Disfruta la música, parece…
- Si. Gracias, caballero, pero no se hubiera molestado… - pensando en el viejo mozo (al que le conocía los nietos por las fotos de la billetera), fue amable.
- Por favor, usted lo merece. Esa Coca llevaba más de una hora abierta.
Ocultando una mueca de desprecio, la mujer sonrió con una sonrisa de vidrio.
- Bueno, le agradezco la invitación…
“El Saco” giró sobre sus talones, dio un paso y medio hacia su mesa y se volvió, diciendo en voz bien alta:
- Mi mesa tiene una silla libre. Si desea, puede hacerme compañía. Habrá mas champán… - Le dijo más a la clientela del lugar que a Margarita.
- Gracias, es usted muy amable. Espero a alguien…
Y miró de reojo con esperanza la puerta del baño que permanecía cerrada.
Desde el fondo se oían risas de mujer. Era Josie, una prostituta esporádica, que venía al café primordialmente para ver si conseguía el puchero de mañana, pero también para no sentirse tan muerta.
Al rato, los músicos salieron del baño y fueron hasta donde se encontraba el dueño del lugar. Marcos, un pelado malandra, bajo y con la cara picada de viruela (Había sido mozo en dos docenas de bares, así que tenía la sensibilidad de un portero. Tacaño, les robaba las monedas de propina a los mozos). Levantó la vista en cuanto los vio venir.
El contrabajista se adelantó y tuvo unas palabras con Marcos. Este se alteró visiblemente. El contrabajista miró al pianista, que se encogió de hombros, miró hacía Margarita con resignación y se fue del local.
Los otros dos músicos retiraron sus instrumentos e imitaron al pianista. El contrabajista dejó -con un gesto ostensible- unas monedas de propina sobre la barra.
- Acá les dejo, muchachos. Ojo los manolargas… -y miro a Marcos con una sonrisa.
Un lamento se levantó entre los parroquianos cuando los músicos se fueron.
Marcos pusó -otra vez- ese gastado cassette de Tom Jobim, apagó el cigarrillo en un vaso sucio que estaba abandonado sobre la barra (viejo truco, para que nadie adoptara al mostrenco) y tomo las monedas para ponerlas en el frasco de las propinas, mientras miraba con ojos de fullero a los mozos, que lo relojeaban.
A Margarita Tom Jobim le pareció por primera vez insoportable. Miró a “El Saco” que la esperaba impaciente. Había corrido la otra silla de su mesa como haciendo lugar.
Pensó un instante. Escanció el ultimo trago de champan, tomó su cartera y pagó su Coca Light a Marcos.
Se fue. Detrás del pianista.


Add comment Septiembre 9, 2006

Chico Puntual

Salgo del trabajo. Desorientado -después de once horas entre planillas, orígenes de datos y fucking users-, y no recuerdo dónde demonios estacioné el auto (Dude, where is my car?). Hago un esfuerzo conciente y voy recordando: descarto el primer recuerdo, eso fue el lunes. Igual el martes y el miércoles. Pero hoy no recuerdo nada: en blanco.Justificar a ambos lados
Me resuelve el problema la cobradora de estacionamientos que me sale al encuentro, siempre impaciente, apenas me ve.
Pago el alquiler, identifico mi auto (el más cochambroso de toda la cuadra –entre su verde seco original y el color-no-se-qué que le han dado los años y la mugre-) y me introduzco al habitáculo con cansancio.
Inicio la ceremonia de poner en marcha el carromato (dos bombeos previos al acelerador, esperar un segundo y dar vuelta a la llave). Arranca tosiendo, pero el fiel imbécil está listo para que lo torture otra vez. Enciendo el reproductor. Suena “Child in Time”, de Deep Purple. De repente el tiempo se esfuma y quedamos solos Gillan y yo en un anochecer cualquiera:

“Sweet child in time, you’ll see the line.
The line that’s drawn between the good and the bad”

Pongo primera y me sumo al movedizo gusano loco callejero. La tarde es agradable, a pesar de junio promediando su curso. Claustrofóbico, bajo los vidrios buscando una promesa de aire fresco, pero entre tanto escape de auto me llega bastante falsificado. Igual, subo el volumen para ganarle al estruendo de largada de Monza que es cada semáforo.

“See the blind man shooting at the world
Bullets flying taking toll”En cada parada colectiva, varias motoqueros –y algunos audaces, que tambien han bajado sus ventanillas- compartimos el batifondo general. Luz verde.

“If you’ve been bad, Lord, I bet you have
And you’ve been hit by flying lead”

Rojo. Freno a fondo. Nos acomodamos como buenos muchachos, aunque adelante mío dos corredores se ladran por alguna maniobra imprudente. Yo sigo la historia del Chico Puntual y canto:

“You’d better close your eyes and bow your head
And wait for the ricochet”

Laaargaron! Salimos como cohetes, los de adelante amenazando convertir esta inocente carrera de juguete en una trampa mortal. No me provoquen, que Gillan comienza a aullar:

“uuuuuhuuuuuuuuuuhuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu”

La banda sube el tempo y el volumen, y comenzamos a acelerar.
Hago una finta y quedo delante de los complicados, en la pole-position.
Con la secreta alegría de ser un Fangio de entrecasa, y Purple a full en los altavoces, grito desafinando con Gillan:

“Aaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh”

Los miembros de un binomio de a moto (ojo, los hay de a pie) vienen calcando todos mis movimientos y siempre quedan a mi lado. Dejan de disimular su mal disimulada curiosidad de hace dos semáforos atrás y me miran reprobatorios. Los miro fijo y grito otra vez:

“AaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhHHHHHHHHHH”

Llegamos a la parada donde siempre hay dos o tres aprendices de algo, que revolean sufridamente unas pelotitas por el aire, mientras intentan decirle tácitamente algo a esos pobres, ilusos y estúpidos burgueses motorizados, empeñados en no reconocer el inútil espectáculo que se les impone -y en guardar sus monedas para mejores usos, sobre todo-. Yo soy uno de ellos.
Un cómplice suyo, otro espanta suegras, en la vereda -de apoyo, digo yo-, reconoce la música. Me mira y sonríe con complicidad. Parece decir “Hermano: Como ves, acá estamos. Danos una mano y no preguntes porqué prefiero hacer esta payasada antes que trabajar de limpiapozos”, que es lo que yo haría antes de humillarme así ante mí mismo, en cualquier esquina que prometa muchos autos. Siempre fui un vago, preferí hacer la fácil: trabajar para asegurarme el puchero, y ya.
El mono-piquetero termina su gracia (si es que la tiene) y pone cara de ingenuidad. El sonriente cómplice suelta entre disimulos “Una moneda…”
Salgo disparado, sin evitar pasarle algo cerca al simio con mi mejor cara de culo.

(ritmo de shuffle en LA, constante…)

Blackmore, en el mejor solo de su vida: ataca las cuerdas con una púa que parece de acero afilado, mientras sacude la palanca del vibrato como un frenético poseso (yo creo que lo es).
(Cuidado… Voy al volante de un bólido, que está tan percudido y sucio que si provoca el más mínimo raspón en un peatón, por lo menos, lo matará de tétanos).
Llego al arpegio final del solo -sin heridos que lamentar-, y vuelve la voz melodiosa de Gillan.
Ya todo ha pasado, es la reprise. Ya estoy en los traquilos suburbios, y como quedé solo, tengo la ingenua sensación que es la soledad del líder la que me acompaña.
Terminando la coda, con vertiginosos glissandos y apocalipticos aullidos, llega el catastrófico final.
Para entonces llegué sano y salvo a casa.


Add comment Junio 15, 2006


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