Posts filed under 'Remembranzas'

Otra vez la lluvia

Recién acabábamos de hacer el amor, por última vez.
Era el jueves de semana santa. Llovían gotas pesadas, intermitentes. No teníamos dónde ir, nunca lo tuvimos. Así que la noche se nos había hecho en plena calle, en nuestros corazones y también tiñendo los árboles y el cielo. Como dos vagabundos, mientras todo el mundo iba por reparo seguro a la borrasca, nosotros buscábamos un lugar al resguardo vano de las miradas ajenas, alguna intimidad a la vista de todo el mundo.
Llorábamos, con inconstancia, imitando a la lluvia. Yo mucho menos, pero igual era casi llorar demasiado para mi gusto. Cada tanto, reparando en la inverosimilitud de mis lágrimas, ella me las enjugaba y soltaba más de las suyas, como queriendo hacerlo por mí.

-Yo sé que esto no es el final. No puedo imaginarte lejos. No puedo imaginar mi vida sin vos -dijo, con algo de bronca, entre dientes apretados-. Puedo imaginar que aparecés cada tanto, a lo largo de los años, y todo vuelve a ser real.

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5 comments Abril 19, 2007

Bodas y mentiras

La idea de juntarnos a todos los invitados solteros y solteras antes de la noche del casamiento había sido de la entusiasta pareja. Se aseguraba que en las bodas los invitados que asisten solos y en edad de merecer suelen estar a merced de su falta de timidez para departir y divertirse -lo cual se espera de ellos, hasta con impaciencia, como si aburrirse fuera una falta de decoro en tan gloriosa fecha-, por lo que nos habían convocado para reunirnos en una confitería de moda, en pleno centro nocturno de la pequeña capital provinciana.
Intenté negarme, a la tarde, sin herir la susceptibilidad de quienes ya habían suscripto contentos a esa idea estúpida, haciendo una llamada a mi interlocutora de confianza, la hermana del novio.
- Qué hielo quieren romper. Al casamiento voy porque si no dicen que soy un amargado -lo dije con una sonrisa irónica, tratando que se oyera por el teléfono, a fin de no parecer tal-. Pero ya sabés que pienso de los casamientos.

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4 comments Marzo 26, 2007

Ozono

Una noción repentina de imposibilidad se estanca dentro mío y me paraliza en la vereda, ignorando la tormenta en ciernes.
Cae una copiosa lluvia inmaterial.
Un trueno intenta asustarme y ponerme en movimiento, porque los rayos que purpuran la tarde no consiguen distraer mi atención.
Es ella, está allí. Y no me mira. O peor, me mira eventualmente sin verme. No hace ningún gesto. Ni de complicidad, vergüenza o remordimiento.

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3 comments Marzo 1, 2007

Ricardo y el nene.

 

El siguiente es un ejercicio que hice con autorización de Cassandra Cross, quien escribió un relato conmovedor sobre una nena y sus rarezas, que me hizo recordar una historia de mi infancia. La bastardilla en el medio del relato, es una adaptación del suyo al mío. Los invito a leer ambos.

Puede parecer que de chico fui un encanto de criatura, todo el día leyendo libros y escribiendo mis fantasías en cuanta hoja en blanco había a mano. Para nada.
Por determinadas razones que todavía hoy desconozco, mis padres veían esto preocupante, y sin tomar en serio mis protestas, me mandaban a jugar. Pero no en el patio, solo, donde continuaba con mis desvaríos.
-Afuera, te dije.
-¡Ufa!
Salía el ratón de su cueva, frotándose los ojos, y empezaban los problemas. Al no ser demasiado frecuentador de la pandilla de la cuadra, siempre estaba negociando mi posición en ella.
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1 comment Febrero 18, 2007

Leña del árbol caído.

Un día me desperté en una cama de hospital. Débil, pero indudablemente vivo. Venía a los tumbos, cayendo como un árbol gigante que lo hace lenta pero inevitablemente después de ser talado.
Ser un árbol grande y fuerte provoca cierta malicia. La tentación de tumbarlo es grande. Se lo puede acusar de que sus raíces profundas y su copa frondosa limitan el crecimiento de los demás pobres arbolitos. Y hay mucha gente que prefiere los bosques uniformes, porque ellos mismos son arbolitos enclenques.
Y están los que se ensañan con lo que creen indestructible. Y no lo es.
Mis leñadores eran gente buena y llena de sentimientos. Me regalaron una epifanía.
Hay muchas formas de tener revelaciones. Se las puede tener por discusiones, descubrimientos repentinos, introspecciones, desengaños.
Todo eso en una cama de hospital, después de haberte desangrado en una habitación de un hotel de mala muerte por clavarte un filo en la muñeca, ése fue el regalo.
¿Porqué morirse? En mi caso, porque no sabía como hacer para apagar mi cabeza.
Agotarse de pensar, para un palurdo como yo que tiene que descubrir la pólvora cada vez que la necesita, es la condena de Prometeo.
Aún no sé apagar el cerebro por mí mismo. Pero en algún lugar de este mundo, hay quien tiene esa facultad. Lo sé.


Add comment Enero 14, 2007

Hoguera de vanidades

Érase dos amigos, pero no de esos que se ven a menudo entre los preadolescentes (teen-agers me suena mal, perdón. Y púberes, más).
No eran del mismo club de fútbol. Uno era de clase media alta, el otro de clase media baja. Uno era morocho con ganas y el otro un rubito desganado. Uno, hábil para los objetos; el otro para las palabras. Uno jugaba muy bien al tenis (y era bueno en todos los deportes), el otro se la rebuscaba al fútbol (y era de regular a malo en los otros deportes).
Uno leia a Tolkien, el otro a Asimov.

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Add comment Noviembre 29, 2006

El Turco y nuestra Eugenia

Estamos con el Turco en nuestra ceremonia semanal del escabio y el hacer nada.
Tenemos una extraña pasión por eso. En los boliches somos los que tienen el codo atuercado a la barra o a cualquier otra superficie horizontal que sirva de tal.
Si vamos a alguna soirée al aire libre parece que estamos oteando las estrellas o las nubes. Podríamos oír crecer el pasto, si nos dejaran.
Yo soy el encargado de romper el silencio. Él, de restaurarlo. A veces una risa corta estalla con un comentario gracioso.
Generalmente, cerveza en verano y vino tinto en invierno. Pero más de madrugada puede ser whisky, fernet o daiquiris.
Tiene, el Cotur, una extraña manía:
Se juntimonia tan fácil como yo me asusto o me alejo de una dama.
No lo entiendo y él no me entiende. Hemos dedicado algunas noches a develar porqué el no concibe la pareja sin convivir. Y nunca le encontramos la vuelta. O yo, por lo menos.
Tenía tres ex esposas. Todas ahí, en un mundito a su alrededor al que no le prestaba demasiada atención. Ni hablar de las otras, las que no tuvieron rango civil oficial. Esas eran legión.
Me las encontraba por las calles, a veces un año después. Me preguntaban por él, y yo no sabía qué decirles. No era raro que en ese lapso el tipo se hubiera juntado dos veces (ya no se casaba al final, no era tan delirante).
No podía creer la facilidad que tenía para encontrar mujeres dispuestas a revistar en ese ejército de novias cadáver, previo paso de inquilinas por su vivienda, llena también de fantasmas ignorados.
Pero yo sospechaba que a mi amigo le pasaba algo oculto y aterrador: se enamoraba de verdad cada vez. Y sufría mucho haberse equivocado antes.
Terminaba sus parejas con un nuevo amor. Venía el desengaño, el desgaste, y nuestras reuniones pasaban automáticamente de dos horas a ser de cinco horas al hilo. Ya no tenía apuro por volver a casa.
En alguna ocasión, alguno de los dos olfateaba algo, pedía permiso y se iba a ver cómo le iba con alguna mujer.
Esa noche noté que estábamos particularmente mudos. Una morocha pulsuda me estaba haciendo monigotadas desde otra mesa. O era yo el de las monigotadas y ella la de la sonrisa, no recuerdo, pero es más probable. Lo cierto que en un momento le digo sotovoce al turco que tenía caza a la vista. “Si”, me dijo, “ya la vi”.
La morocha había sido tema de conversación en otras oportunidades. Según mi poco eficiente sistema de levante, no podía interpelarla sin ceremonia. Y mi fuerte es la conversación, no hacer pesas. Así que estaba hace tiempo como un mono tití haciéndole gestos. “Te vi, que linda estás” y otras sutilezas.
El Turco estaba inflado, me dí cuenta. Estaba molesto, porque lo mío era bastante patético a su modo de ver y no tenía más asidero que mi propia falta de valor.
Así que se levanto, tomó el último sorbo que quedaba del vaso (debí haber sospechado ahí) con clericó y salió para la mesa del morochón.
Habló algo, señalo nuestra mesa y se sentó afanando otra silla de la mesa de al lado con arte de prestidigitador.
Las amigas de la dama se hicieron prudentemente las otarias y conversaron animadamente mirando para otro lado, dándoles algo de intimidad (en realidad esa postura favorece que el pabellón auditivo capte mejor una conversación mientras te hacés bien el sota, claro, pero queda bien).
Un rato después empecé a olérmela. Las amigas miraban furtivamente al salame que se quedó solo con la cara cada vez más encementada. Y sonreían. Ya tenían la primicia, vía pabellón auditivo: el Turco se estaba parlando al morochón. Y la pérfida le respondía.
Mi orgullo es así de chiquito, pero indestructible. Así que puse cara de póker, me dí vuelta, prendí un faso y me dedique a contar las cagadas de mosca en el fluorescente que estaba encima mio.
Un buen rato después busqué la campera en el guardarropa (le dejé la cuenta al atorrante) y me fui pateando piedritas por la calle.
Yo sabía qué iba a pasar. Me hice toda la película, lo juro. Pero no me dí crédito.
Veamos:

Pasaron los días y me llamó el Cotur: “¿Che, vamos a Perpignat?”. “Vamos”, le dije.
Esa noche tomamos daiquiris. Me prestó su moto y llevé a la bonita moza a dar una vuelta, porque ella me pidió (en estado neutral, yo era el más simpático).
Y dejé al Turco a pata.
Al otro día fui a su casa a devolverle la moto. Me recibió taciturno, algo incómodo, pero me hizo pasar. Me dí cuenta porqué. Estaba ya ubicada la morocha, que a la sazón se llamaba Eugenia.
Yo, otra vez con cara de póker. Tomamos una cerveza –era domingo y en el catálogo de nuestra amistad beber demasiado un domingo no era correcto- y me fui.
Pasaron los meses, por cuestiones personales no tuvimos mucho contacto. Yo estuve afuera y medio perdido. Y evitando cruzarme con Eugenia, porque a pesar de no darme crédito, desconfiaba de mi mismo.
Llamo a la casa del Turco, me atiende Eugenia. “No está, salió”. “Bueno, decile que voy a estar en “Perpignat”, que se dé una vuelta tipo diez”.
Grande fue mi sorpresa al verla llegar a ella. Estaba para el infarto.
“Andamos mal, creo que sale con otra. Hace dos días no sé de él”, me dijo como para empezar. Yo seguía con cara de póker. Ya era un rictus medio acalambrado.
“Mirá, casualmente no sé nada de él hace tiempo”.
“Te evita, pensé que habían discutido”, me dijo.
Me quedé bastante desconcertado, parpadeando, fallando en el cometido de mantener la cara de piedra.
“¿Porqué viniste? Yo no tengo idea de dónde puede estar. El Turco en muchas cosas es un enigma para mí”. No le iba a decir que seguro estaba en la casa de la vieja, esperando que ella se diera por vencida y se fuera. Y que casi seguro ya salía con otra.
“Bueno, no importa. Vine para entregarte las llaves. Me vuelvo a Mendoza el lunes”.
Ya me dolía la cara de tanta inexpresión.
“¿No me vas a invitar nada? Bueno”. Dirigiéndose a mi eventual compañera de moto y más efímera compañera de cama, “¿No me traés una piña colada con whisky?”.
Bueno, decidí que si seguía practicando de estatua algo me iba a joder, así que cambié la cara. Y me relajé.
Me recosté sobre el sillón, la mire por encima del whisky. Era una de las mujeres mas lindas que había visto. Luminosa, celestial y terrena, supuse que tendría unos treinta. Ella me miró, acusó la atención que le puse, sonrió como una estrella de cine y me dijo:
“¿Porqué no me viniste a ver esa noche vos? El Turco me dijo que los dos estaban mirándome y que como vos eras demasiado lanzado, él había salido primero para evitar que me incomodases”.
“Qué turro”, pensé yo. Era buena esa.
“¿Y yo tenía chances? Mirá que en realidad soy más bobo de lo que aparento…”

Bueno, se cumplió mi maldita predicción. Pero ni al Turco ni a mí nos hizo puta gracia. El cuento del escorpión y el sapo, y todo eso.
Un día me anunció que se iba a España. Yo ya vivía en el interior.
Internet era una curiosidad y un lujo tecnológico aún en la propia Capital Federal.
“Conocí a una gallega en el ICQ. Me voy para allá”.
Internet llegó a mi escritorio unos años después. Intente encontrarlo, pero nunca estaba en línea.
Aún tengo el Miranda IM, en el que guardé su contacto, solo para verlo aparecer algún día.
A Eugenia la vi hace seis meses. También conoció a un gallego, por el MSN, y el tipo se quiere venir un tiempo. Con el tipo de cambio, se puede quedar un año, si quiere.
Ah… Extraño aquellas épocas…


Add comment Noviembre 1, 2006

La lengua de Jesús

Revisando papeles viejos encuentro una agenda de hace quince años. Voy derecho al directorio telefónico. Entre otras caras del pasado, leo un escueto “Sergio de Morón (Motorhead)”, y un recuerdo me atropella:


Correr con toda el alma cuando todavía resuena el retuntún de Overkill en tus oídos, es algo irreal, pero viene al caso. Tiene el ritmo, por lo menos.
Uno quisiera separar las experiencias, sentarse un rato a la salida del recital de Motörhead, degustar ese vibrar del pecho con el doble bombo de la batería y el pizzicato de Lemmy, y dejar la parte atlética para otro momento, pero otras urgencias nos reclaman.

- ¡Corré boludo, que la yuta viene levantado a todos!, -alguien me grita.

Uno quisiera pensar “para qué correr, si no hice nada, que corran los chorros”, pero demostrando cuán mamífero soy en el fondo, corro sin pensar en cuanto aparecen los depredadores. Corremos, unos cincuenta héroes del metal (camperas de cuero, pelos largos, tachas por todos lados) y yo (campera y pantalón de jean y una remera que me hizo un amigo con la tapa de un disco de Pappo’s Blues) por una calle perpendicular a la avenida Libertador, huyendo del peligro.
Me asalta una duda: “¿Habrá alguna emboscada al final de esta calle?”. Parece tan tranquila, sólo perturbada por el repiqueteo de los borceguíes –héroes del metal y policías tiene el mismo gusto por el calzado, parece-.
Durante siglos los predadores han perfeccionado sus técnicas. Aprovechan esa necesidad atávica de presa de correr cuando la manada corre para llevarte adonde seas más fácil de cazar. “¿Y si en la esquina están escondidos, listos para meternos a todos adentro?”, pienso en un momento de lucidez. No vi los camiones celulares de la policía a la salida del Estadio Obras, sólo la simpática Policía Montada (“¡Mirá, boludo, los burros andan a caballo ahora!”), y la de Antimotines, arreándonos.
- ¡Paren, boludos, paren, que nos están esperando!.
Unos ocho o diez me escuchan y me hacen caso. Uno de pelo corto, arito en la oreja y la infaltable campera de cuero mira hacia la esquina de Libertador –donde empezó nuestra carrera- y confirma que efectivamente nadie nos sigue.
- Se quedaron ahí, los hijos de puta, dice entre resoplidos.

Los demás siguen su carrera loca hacia la otra esquina. Quedan otros dos rezagados: Un gordito petiso todo tatuado y un flaco alto que corre con un ademán gracioso -después sabremos que está rengo de una trifulca anterior-.
- Paren, que están también en la otra esquina, es al pedo correr, -les decimos. Ambos se detienen, recelosos aún.
El petiso es un tatuador, que conozco porque es cliente habitual del negocio en el que trabajo. Extraña coincidencia, todos se conocen de algún lado.
El Flaco toma la iniciativa. Tampoco está vestido como los demás:
- Nos quedemos quietos ahí, en ese jardín. Estos llenan los celulares y se las toman.
Le hacemos caso y nos escondemos como podemos entre las sombras, en silencio.
Se escuchan voces imperiosas y golpes secos, seguidos de algún grito de dolor. Una letanía patética, un llanto persistente se escucha sordamente, de fondo. Adivino que son las chicas que corrían adelante. A un par las conocía de vista, de Halley.
Pasados veinte minutos o más, oímos todos lo mismo: el pseudo silencio de la ciudad. Los autos de la avenida, algún grito lejano (en otras calles hicieron el mismo juego y todavía dura la cacería).
Vemos pasar patrullas por la avenida: son las que andan buscando a los ingenuos que vuelven a la escena del crimen. Cinco minutos más y voy de voluntario hasta la esquina de la calle paralela a Libertador, como unidad de reconocimiento avanzada. El corazón me explota en el pecho -estoy muerto de miedo- pero no puedo hacer el gallina delante de la monada. De hecho, me siento bastante mal por las chicas. Un barrito de culpa que no sé como explicar.
Miro con cautela hacia donde creo que están los ratis y veo la calle despejada. Hago señas y salen todos.
Resultamos ser unos ocho. Nos presentamos. Los que nos conocemos hacemos comentarios graciosos. El Flaco es terrible:
- Como corrías, boludo, con esos tacos que tenés y las lanas al viento parecías un travesti fugando por Godoy Cruz. Si te viera Lemmy…, -sabiendo que no sirve de nada ofenderse, el aludido se ríe (mientras lo hace decide –seguro- que esta noche será la ultima vez que se ponga esas botas ridículas con tacos).
- A las minas se las llevaron también, que hijos de puta, -suelta el que parece ser el más chico del grupo, pinta de ramonero (unos quince años, aunque esa malicia callejera que se le adivina en las pupilas lo desmienta).
Seguimos juntos esa noche. Encontramos donde comprar cervezas y nos gastamos hasta la última moneda. Hablamos del recital, del que también participó Exodus, otras de nuestras bandas favoritas. Pero también de otras bandas, recitales y discos.
No, no matamos a nadie, ni hicimos ningún aquelarre siniestro, ni rompimos nada. Sólo nos quedamos sentados criticando a Metallica, que ya había sacado el álbum negro y añorando los días Master of Puppets. Si, hace quince años.
Después descubrimos que algunos éramos de San Martín y aledaños, y otros de Morón y aledaños. Llegó la hora de separarnos. Quedamos en juntarnos para el próximo recital del veranito menemista: Megadeth.
Anote en el reverso de la entrada el teléfono de un tal Sergio, para coordinar la juntada. Al otro día la pasé a la agenda, puse “Sergio de Morón (Motorhead)” y un número de teléfono.
Nunca lo llamé. El recital se canceló, porque el colorado Mustaine entró otra vez en “rehab”. Nos dieron a cambio entradas para Pappo y los Widowmakers.
Al recital de Pappo me lo perdí. No me dejaron salir del hospital.
Pero esa es otra historia.

Esta modesta historia se escribió un 16 de septiembre, y está dedicada a los caídos por cometer el pecado de ser jóvenes. Entre ellos están los chicos de la Noche de los Lápices, Walter Bulacios, y obviamente, también los ciento noventa y cuatro (cómo cuesta escribir esta cifra) de Cromañon.


Add comment Septiembre 17, 2006

Viaje al fin de la noche I

Año del Señor (¿del Mal?) 1992.
Las calles de Buenos Aires son el living de mi casa, la cocina y el patio. Por poco no son también el dormitorio (¿no lo fueron alguna vez? Bueno, no puedo recordar muchos detalles).
Mi vida incendiaria. Quemar las naves. Quemar familia, amigos, amor, trabajo, más o menos todo junto. Todo. Partes de mí también, incluídas.
El calor del fuego me embriaga, al principio. Me siento realmente bien. ¿Que puede ser peor que estos pedazos de vida amarga y perdida, ardiendo?
Del incendio surgen voces, algunas voces inocentes. Son puñales esas voces. Dagas. Se clavan una y otra vez sobre el pecho, hasta las vísceras, provocando el dolor más fuerte que Dios puso sobre esta tierra. El que Él reservó para Caín, para Job o la madre María.
Evadir las voces. Endurecer el corazón hasta donde Caín no llegó.
Una sola, larga ruta negra y desolada, comenzó aquella noche en que vacié mi vida en una banquina solitaria, la rocié de querosén, acerqué un fosforito y la sacrifiqué al altar de la esperanza. Vacío como estaba, el futuro era ese camino a ninguna parte, cuyo único objeto de existencia era ser recorrido.
Como buen descendiente de emigrantes, tenía una fé ciega en el mañana. ¿Qué mañana? No sé, mañana lo pienso y te digo. Tengo la sangre, pero no el espíritu.
Entonces, viajé al fin de la noche. Mi chofer se llamaba Destino y su apellido era Maldito. Todas sus paradas intermedias no hacían más que marcar un derrotero irregular hacia un enorme precipicio, un Seol. Confiar en él era para imbéciles o desesperados. Yo, peor, lo llamaba mi amigo.
Después de un tiempo vagando y perviviendo, dejé de manifestar voluntad consciente. Cada oportunidad de acabar el viaje, de apagar el incendio, la miré con mayor desdén y apatía.
Y un día, cansado, me morí.


Add comment Septiembre 2, 2006


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