El fracaso de la pasión.

Mientras terminaba su oficio vespertino, el Padre Guillermo notó ciertas miradas duras y ceños fruncidos en los pocos fieles presentes. Normalmente le resultaban afables o indiferentes.
Eran tan pocos que mientras repartía la eucaristía la fila no completaba la docena de personas.
Pensó, sin perder el hilo de la misa, en cómo se corren los rumores. Nadie le puede dejar de creer a un rumor.
Su mirada recorría la nave de la iglesia con rostro hierático, sin demostrar nada ni detenerse en nadie, pero totalmente consciente de la expresión parca de cada uno de los feligreses. Estas técnicas no escritas se aprendían en el seminario, cuando bajo la severa tutela de los diversos guías espirituales se aprendían los secretos de la misa bien cantada. Se aprehendían también el tono monocorde y la súbita subida de entonación cuando se hacía advocación solemne a alguna de las personas de la Santísima Trinidad, o a la misma Virgen (la favorita de siempre de los sacerdotes que tenían problemas con la opresiva mirada asexuada del Señor).

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2 comments Febrero 13, 2007

Maestros: Robert L. Stevenson

Lo que realmente define a un hombre son sus metas, y no sus logros. Leer lo que escribo no dice tanto de mí (tal vez, de mi impericia) como sí quizá lo haga ver a qué le apunto.

En esta serie, que llamaré Maestros, voy a honrar a quienes admiro. Si, no hay grandes sorpresas: gente que escribe bien y se lee mejor.

Robert L. Stevenson

Apología del Ocio

BOSWELL: Cuando no hacemos nada, nos aburrimos.

JOHNSON: Esa sucede, señor, porque como los demás están ocupados, nos falta compañía; si ninguno hiciera nada, no nos aburriríamos; nos divertiríamos los unos a los otros.

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Add comment Febrero 11, 2007

El retorno de los tartamudos.

“Las siete de la tarde y esta reunión se alarga como el rosario de un tartamudo”.
Esa frase se instaló -en otro nuevo segundo de descuido- rebalsando la vacuidad craneal que le producía la fatiga y el aburrimiento. Un estricto sentido de la caridad humana le impedía reírse sin culpa de los tartamudos, y le decía con tonito santurrón que tampoco ese era momento de reírse de nada.

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1 comment Febrero 5, 2007

Leña del árbol caído.

Un día me desperté en una cama de hospital. Débil, pero indudablemente vivo. Venía a los tumbos, cayendo como un árbol gigante que lo hace lenta pero inevitablemente después de ser talado.
Ser un árbol grande y fuerte provoca cierta malicia. La tentación de tumbarlo es grande. Se lo puede acusar de que sus raíces profundas y su copa frondosa limitan el crecimiento de los demás pobres arbolitos. Y hay mucha gente que prefiere los bosques uniformes, porque ellos mismos son arbolitos enclenques.
Y están los que se ensañan con lo que creen indestructible. Y no lo es.
Mis leñadores eran gente buena y llena de sentimientos. Me regalaron una epifanía.
Hay muchas formas de tener revelaciones. Se las puede tener por discusiones, descubrimientos repentinos, introspecciones, desengaños.
Todo eso en una cama de hospital, después de haberte desangrado en una habitación de un hotel de mala muerte por clavarte un filo en la muñeca, ése fue el regalo.
¿Porqué morirse? En mi caso, porque no sabía como hacer para apagar mi cabeza.
Agotarse de pensar, para un palurdo como yo que tiene que descubrir la pólvora cada vez que la necesita, es la condena de Prometeo.
Aún no sé apagar el cerebro por mí mismo. Pero en algún lugar de este mundo, hay quien tiene esa facultad. Lo sé.

Add comment Enero 14, 2007

Hoguera de vanidades

Érase dos amigos, pero no de esos que se ven a menudo entre los preadolescentes (teen-agers me suena mal, perdón. Y púberes, más).
No eran del mismo club de fútbol. Uno era de clase media alta, el otro de clase media baja. Uno era morocho con ganas y el otro un rubito desganado. Uno, hábil para los objetos; el otro para las palabras. Uno jugaba muy bien al tenis (y era bueno en todos los deportes), el otro se la rebuscaba al fútbol (y era de regular a malo en los otros deportes).
Uno leia a Tolkien, el otro a Asimov.

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Add comment Noviembre 29, 2006

Algrin, el vengador

Una tarde el mundo se echó a perder. Es decir, ya estaba mal, pero de repente todas las fuerzas que habían permanecido aparte (Belcebú, por ejemplo, solo se podía percibir en algunas películas, pero en la vida real el hombre había asumido su papel con creces). Y los demonios, aparte de ser malos, son entes poco afectos a rehacer lo que ya está hecho.
Pero entre la tortura del abismo y la barbacoa, se dieron cuenta de que el mal era desparejo. Y si hay algo que un es demonio, es democrático. No porque quisieran desparramar la maldad en partes iguales, sino porque les da lo mismo un pobre muerto de frío que un acaudalado jeque árabe. En todo caso, saben que los dos tienen el mismo derecho a sufrir.
Entonces mandaron a Algrin, un demonio especialmente cruel. Al que debía matar lo dejaba casi muerto, pero le quemaba la casa. Si debia destruir todas las cosechas, dejaba algunas, intocadas en medio de la devastación, para sembrar la envidia y el agio. Pero al que no le tocaba la cosecha, le enfermaba al hijo de una enfermedad larga y mortal.
El demonio comenzó su tarea de manera sistemática y persistente. Debía hacer el mal sin mirar especialmente a quién. Y le fue dado el don de poseer la “Doble Maldad”, que contenía la maldad de los propios demonios y la de los humanos. El don de la Triple Maldad solo puede conferirlo Dios mismo, y hasta ahora no lo ha hecho.
Algrin, cada tanto, era percibido como una asqueroso reptil, un grifo con ojos de rubíes incandescentes, como monedas de plata al rojo. Tenia alas de murciélago y su piel era negra y llena de verrugas supurantes. Podía poseer los cuerpos y no habia poder temporal que lo combatiera.
El mal aumento en una proporción de uno a tres. Fue terrible para la economía mundial. Las instituciones humanas centenarias caían entre el odio, la mortandad y las pasiones irrefrenables. Nadie estaba a salvo de él: los papas, los violadores, los esclavos, los enfermos. Estadísticamente perfecto: del universo total de seres humanos cada tantos mil, algunos cientos eran sistemáticamente desposeídos, ultrajados y engañados.
Un grupo disperso, la escoria del viejo mundo, la espesa cochambre llena de hambrientos y víctimas acobardadas, también percibió su presencia.
Lo llamaron Algrin, el vengador.

Add comment Noviembre 15, 2006

Salud laboral

Eran las 19.12 y Bess había terminado con todos los “proyectos” asignados para el período. Cumplió la cuota básica de producción -y con el bendito plus de productividad al que se había comprometido con la gerente de RR.HH.-, sobre la hora. Hoy se cumplía el interminable mes.
Se sentía vacía y un poco triste. No era el peor trabajo del mundo, pero a veces tenía la impresión que debía ser tantas diferentes personas para otras tantas que su verdadera personalidad se resecaba un poco y tremolaba de puro frágil.
El sistema de gestión de telemarketing que operaba tenía dos funciones: la primera recopilaba la información del contacto y la tabulaba. La segunda, controlaba la producción de los telemarketers en sí.
Es decir, un proceso automático del sistema se disparó en cuanto su cuota se cumplió, y un nuevo lote de contactos pasó a la columna de “activos” en su “lista de pendientes”.
Sonó el celular. Un mensaje de texto:

“Espero verte pronto, lamento que estés tan ocupada”.

“Uff! No es mal tipo. Pero hoy no puedo con todo”, se dijo.
De a poco el ruido blanco de la oficina fue decayendo y tornaba hacia los colores más pálidos de la paleta.
Mientras cerraba el sistema, la mensajería instantánea interna interoperadores parpadeó dejando saber que había un mensaje on-line. Del gerente de Producción, su jefe directo. Más bien, de su secretaria. El no estaba para eso. Se la pasaba en el MSN, pero el chat interno era cosa de secretarias y telemarketers.
Como símbolo de poder, al pesado le encantaba tenerla tiempo extra con cualquier excusa.
Seguro se sentía macho, viril, jugando con su visible desesperación como un gato con un ratón moribundo.
“Maldito aprendiz de acosador. Encima es más tímido que una paisanita virgen. Lo detesto”. Quería irse a casa.
Se encontró esperando en la puerta del ascensor a dos de los nuevos “leones” de la empresa. Casi adolescentes, salidos de una mediocre pero cara universidad empresarial. El traje de ambos no era demasiado costoso, pero los gestos ampulosos y la cháchara eran de dos genuinos Gerentes Generales.
Se dedicaban a la “adquisición informal de datos” (mejor dicho, al robo de información lisa y llana), que era uno de los mejores y más caros productos de la empresa. De eso no se hablaba puertas afuera. Se le susurraba al cliente después de una sólida relación de años. Comprendía hacking y otras cosas, pero lo más importante era la “ingeniería social”.
(Intentaron reclutarla para el sector. Le ofrecieron un sobresueldo para ropa y accesorios. Después de todo, era una atractiva morocha, pero no tenía intenciones de ser del “servicio de acompañantes” de la empresa. “Gatos espías”, se dijo con ironía, aquella vez).
“¿Te acordás del Gerente de Compras que te conté? Lo desarmé con una prostituta de 400 euros que hice pasar por una amiga ¡Jajajaja! No sabés la data que soltó. Y de lo buena que estaba la mina”, diciendo esto último en voz más baja, y dándole un pequeño codazo a la altura de las costillas a su compañero para que tomara nota de la implicancia.
El otro escuchaba en silencio. En su cara se notaba la marca de la envidia.
“¡Ding!” Llegó el ascensor. Como subía solo un piso marcó en el panel soft-touch su selección y dió lugar a que sus casuales acompañantes hicieran lo mismo. Marcaron el segundo piso.
“Hmmm… van a la cafetería. Tanto roce con los ejecutivos, tanto hablar de euros, y terminan tragándose un sándwich de pan negro rancio con atún de supermercado y una gaseosa Light, a las siete de la tarde, mientras se mienten sin vergüenza”, pensó mirando oblicuamente el visor del ascensor.
“¡Ding!”. Salió al pasillo, con visible malhumor. No se notaba demasiado, salvo en algún chispazo en los ojos (y que su mirada se volvía cada vez más oblicua) y en que tenía que tomarse un par de segundos antes de decir algo.
Se volvió de repente al ascensor y encaró a los “agentes secretos”. Puso la rodilla en el sensor para mantener la puerta abierta. Y habló en un susurro, pero lo suficientemente fuerte como para mostrar su vehemencia. Y habló con tonito de maestra ciruela.
“Les recuerdo, caballeros, que las normas de la empresa impiden comentar cualquier acto de servicio fuera de los lugares adecuados, y desde luego el ascensor no es uno de ellos”. Miró deliberadamente al que se ufanaba hace un minuto. “Y le recuerdo a usted en particular, señor, que los recursos de la empresa son auditados en profundidad previendo cualquier desvío del personal en misión. La profesional o “prostituta” -como la llame- trabaja regularmente para la empresa y sabe tanto de su objetivo como de usted mismo”.
El envidioso cambió imperceptiblemente su expresión en medio del discurso. Y a pesar de su esfuerzo, la risa vengativa le salía por las comisuras mientras con su campo visual periférico relojeaba el visible embarazo de su compañero.
“Y les aclaro que en la cafetería hoy encontraron cucarachas en los sándwiches”.
Retiró la pierna y la puerta se cerró de golpe, como corriendo un telón de piedad.
Hizo cuatro pasos hasta la recepcion del gerente acosador.
La secretaria la miró con un gesto de desánimo. Era bonita, flaca, rubia y apestaba a Paloma Picasso. Era buena la imitación, pero no engañaba a su olfato sutil.
“Si, mirá. Un segundo antes que subieras se metió el Gerente de Productos. Le dije que estabas citada, pero dijo que era muy importante. Carlos me pidió que lo esperes”.
Volvió al pasillo con una media vuelta en cámara lenta. Los hombros se le encogieron perceptiblemente. Tenía los nudillos blancos por la presión. Se detuvo junto a la pared con la mirada fija en la nada. Y muy oblicua.
Esa hora era peligrosa para su salud laboral. Ocurría un repliegue de las someras capas corporativas, que había adquirido forzosamente con el tiempo, y se imponía su más tradicional mal carácter natural. Ya no demoraba las respuestas. Salían en tiempo real.
Empezó a sopesar las diferentes variantes de su vida, de acuerdo a las decisiones que podía llegar a tomar, sin llegar a decidirse si entrar de prepo a la oficina de Carlos y mandar a los dos señores Gerentes a dar por culo, o marcharse de ahí sin dar más razones, o seguir esperando hasta reventar.
No se decidía. Y esa era la tragedia.

Add comment Noviembre 6, 2006

El Turco y nuestra Eugenia

Estamos con el Turco en nuestra ceremonia semanal del escabio y el hacer nada.
Tenemos una extraña pasión por eso. En los boliches somos los que tienen el codo atuercado a la barra o a cualquier otra superficie horizontal que sirva de tal.
Si vamos a alguna soirée al aire libre parece que estamos oteando las estrellas o las nubes. Podríamos oír crecer el pasto, si nos dejaran.
Yo soy el encargado de romper el silencio. Él, de restaurarlo. A veces una risa corta estalla con un comentario gracioso.
Generalmente, cerveza en verano y vino tinto en invierno. Pero más de madrugada puede ser whisky, fernet o daiquiris.
Tiene, el Cotur, una extraña manía:
Se juntimonia tan fácil como yo me asusto o me alejo de una dama.
No lo entiendo y él no me entiende. Hemos dedicado algunas noches a develar porqué el no concibe la pareja sin convivir. Y nunca le encontramos la vuelta. O yo, por lo menos.
Tenía tres ex esposas. Todas ahí, en un mundito a su alrededor al que no le prestaba demasiada atención. Ni hablar de las otras, las que no tuvieron rango civil oficial. Esas eran legión.
Me las encontraba por las calles, a veces un año después. Me preguntaban por él, y yo no sabía qué decirles. No era raro que en ese lapso el tipo se hubiera juntado dos veces (ya no se casaba al final, no era tan delirante).
No podía creer la facilidad que tenía para encontrar mujeres dispuestas a revistar en ese ejército de novias cadáver, previo paso de inquilinas por su vivienda, llena también de fantasmas ignorados.
Pero yo sospechaba que a mi amigo le pasaba algo oculto y aterrador: se enamoraba de verdad cada vez. Y sufría mucho haberse equivocado antes.
Terminaba sus parejas con un nuevo amor. Venía el desengaño, el desgaste, y nuestras reuniones pasaban automáticamente de dos horas a ser de cinco horas al hilo. Ya no tenía apuro por volver a casa.
En alguna ocasión, alguno de los dos olfateaba algo, pedía permiso y se iba a ver cómo le iba con alguna mujer.
Esa noche noté que estábamos particularmente mudos. Una morocha pulsuda me estaba haciendo monigotadas desde otra mesa. O era yo el de las monigotadas y ella la de la sonrisa, no recuerdo, pero es más probable. Lo cierto que en un momento le digo sotovoce al turco que tenía caza a la vista. “Si”, me dijo, “ya la vi”.
La morocha había sido tema de conversación en otras oportunidades. Según mi poco eficiente sistema de levante, no podía interpelarla sin ceremonia. Y mi fuerte es la conversación, no hacer pesas. Así que estaba hace tiempo como un mono tití haciéndole gestos. “Te vi, que linda estás” y otras sutilezas.
El Turco estaba inflado, me dí cuenta. Estaba molesto, porque lo mío era bastante patético a su modo de ver y no tenía más asidero que mi propia falta de valor.
Así que se levanto, tomó el último sorbo que quedaba del vaso (debí haber sospechado ahí) con clericó y salió para la mesa del morochón.
Habló algo, señalo nuestra mesa y se sentó afanando otra silla de la mesa de al lado con arte de prestidigitador.
Las amigas de la dama se hicieron prudentemente las otarias y conversaron animadamente mirando para otro lado, dándoles algo de intimidad (en realidad esa postura favorece que el pabellón auditivo capte mejor una conversación mientras te hacés bien el sota, claro, pero queda bien).
Un rato después empecé a olérmela. Las amigas miraban furtivamente al salame que se quedó solo con la cara cada vez más encementada. Y sonreían. Ya tenían la primicia, vía pabellón auditivo: el Turco se estaba parlando al morochón. Y la pérfida le respondía.
Mi orgullo es así de chiquito, pero indestructible. Así que puse cara de póker, me dí vuelta, prendí un faso y me dedique a contar las cagadas de mosca en el fluorescente que estaba encima mio.
Un buen rato después busqué la campera en el guardarropa (le dejé la cuenta al atorrante) y me fui pateando piedritas por la calle.
Yo sabía qué iba a pasar. Me hice toda la película, lo juro. Pero no me dí crédito.
Veamos:

Pasaron los días y me llamó el Cotur: “¿Che, vamos a Perpignat?”. “Vamos”, le dije.
Esa noche tomamos daiquiris. Me prestó su moto y llevé a la bonita moza a dar una vuelta, porque ella me pidió (en estado neutral, yo era el más simpático).
Y dejé al Turco a pata.
Al otro día fui a su casa a devolverle la moto. Me recibió taciturno, algo incómodo, pero me hizo pasar. Me dí cuenta porqué. Estaba ya ubicada la morocha, que a la sazón se llamaba Eugenia.
Yo, otra vez con cara de póker. Tomamos una cerveza –era domingo y en el catálogo de nuestra amistad beber demasiado un domingo no era correcto- y me fui.
Pasaron los meses, por cuestiones personales no tuvimos mucho contacto. Yo estuve afuera y medio perdido. Y evitando cruzarme con Eugenia, porque a pesar de no darme crédito, desconfiaba de mi mismo.
Llamo a la casa del Turco, me atiende Eugenia. “No está, salió”. “Bueno, decile que voy a estar en “Perpignat”, que se dé una vuelta tipo diez”.
Grande fue mi sorpresa al verla llegar a ella. Estaba para el infarto.
“Andamos mal, creo que sale con otra. Hace dos días no sé de él”, me dijo como para empezar. Yo seguía con cara de póker. Ya era un rictus medio acalambrado.
“Mirá, casualmente no sé nada de él hace tiempo”.
“Te evita, pensé que habían discutido”, me dijo.
Me quedé bastante desconcertado, parpadeando, fallando en el cometido de mantener la cara de piedra.
“¿Porqué viniste? Yo no tengo idea de dónde puede estar. El Turco en muchas cosas es un enigma para mí”. No le iba a decir que seguro estaba en la casa de la vieja, esperando que ella se diera por vencida y se fuera. Y que casi seguro ya salía con otra.
“Bueno, no importa. Vine para entregarte las llaves. Me vuelvo a Mendoza el lunes”.
Ya me dolía la cara de tanta inexpresión.
“¿No me vas a invitar nada? Bueno”. Dirigiéndose a mi eventual compañera de moto y más efímera compañera de cama, “¿No me traés una piña colada con whisky?”.
Bueno, decidí que si seguía practicando de estatua algo me iba a joder, así que cambié la cara. Y me relajé.
Me recosté sobre el sillón, la mire por encima del whisky. Era una de las mujeres mas lindas que había visto. Luminosa, celestial y terrena, supuse que tendría unos treinta. Ella me miró, acusó la atención que le puse, sonrió como una estrella de cine y me dijo:
“¿Porqué no me viniste a ver esa noche vos? El Turco me dijo que los dos estaban mirándome y que como vos eras demasiado lanzado, él había salido primero para evitar que me incomodases”.
“Qué turro”, pensé yo. Era buena esa.
“¿Y yo tenía chances? Mirá que en realidad soy más bobo de lo que aparento…”

Bueno, se cumplió mi maldita predicción. Pero ni al Turco ni a mí nos hizo puta gracia. El cuento del escorpión y el sapo, y todo eso.
Un día me anunció que se iba a España. Yo ya vivía en el interior.
Internet era una curiosidad y un lujo tecnológico aún en la propia Capital Federal.
“Conocí a una gallega en el ICQ. Me voy para allá”.
Internet llegó a mi escritorio unos años después. Intente encontrarlo, pero nunca estaba en línea.
Aún tengo el Miranda IM, en el que guardé su contacto, solo para verlo aparecer algún día.
A Eugenia la vi hace seis meses. También conoció a un gallego, por el MSN, y el tipo se quiere venir un tiempo. Con el tipo de cambio, se puede quedar un año, si quiere.
Ah… Extraño aquellas épocas…

Add comment Noviembre 1, 2006

La lengua de Jesús

Revisando papeles viejos encuentro una agenda de hace quince años. Voy derecho al directorio telefónico. Entre otras caras del pasado, leo un escueto “Sergio de Morón (Motorhead)”, y un recuerdo me atropella:


Correr con toda el alma cuando todavía resuena el retuntún de Overkill en tus oídos, es algo irreal, pero viene al caso. Tiene el ritmo, por lo menos.
Uno quisiera separar las experiencias, sentarse un rato a la salida del recital de Motörhead, degustar ese vibrar del pecho con el doble bombo de la batería y el pizzicato de Lemmy, y dejar la parte atlética para otro momento, pero otras urgencias nos reclaman.

- ¡Corré boludo, que la yuta viene levantado a todos!, -alguien me grita.

Uno quisiera pensar “para qué correr, si no hice nada, que corran los chorros”, pero demostrando cuán mamífero soy en el fondo, corro sin pensar en cuanto aparecen los depredadores. Corremos, unos cincuenta héroes del metal (camperas de cuero, pelos largos, tachas por todos lados) y yo (campera y pantalón de jean y una remera que me hizo un amigo con la tapa de un disco de Pappo’s Blues) por una calle perpendicular a la avenida Libertador, huyendo del peligro.
Me asalta una duda: “¿Habrá alguna emboscada al final de esta calle?”. Parece tan tranquila, sólo perturbada por el repiqueteo de los borceguíes –héroes del metal y policías tiene el mismo gusto por el calzado, parece-.
Durante siglos los predadores han perfeccionado sus técnicas. Aprovechan esa necesidad atávica de presa de correr cuando la manada corre para llevarte adonde seas más fácil de cazar. “¿Y si en la esquina están escondidos, listos para meternos a todos adentro?”, pienso en un momento de lucidez. No vi los camiones celulares de la policía a la salida del Estadio Obras, sólo la simpática Policía Montada (“¡Mirá, boludo, los burros andan a caballo ahora!”), y la de Antimotines, arreándonos.
- ¡Paren, boludos, paren, que nos están esperando!.
Unos ocho o diez me escuchan y me hacen caso. Uno de pelo corto, arito en la oreja y la infaltable campera de cuero mira hacia la esquina de Libertador –donde empezó nuestra carrera- y confirma que efectivamente nadie nos sigue.
- Se quedaron ahí, los hijos de puta, dice entre resoplidos.

Los demás siguen su carrera loca hacia la otra esquina. Quedan otros dos rezagados: Un gordito petiso todo tatuado y un flaco alto que corre con un ademán gracioso -después sabremos que está rengo de una trifulca anterior-.
- Paren, que están también en la otra esquina, es al pedo correr, -les decimos. Ambos se detienen, recelosos aún.
El petiso es un tatuador, que conozco porque es cliente habitual del negocio en el que trabajo. Extraña coincidencia, todos se conocen de algún lado.
El Flaco toma la iniciativa. Tampoco está vestido como los demás:
- Nos quedemos quietos ahí, en ese jardín. Estos llenan los celulares y se las toman.
Le hacemos caso y nos escondemos como podemos entre las sombras, en silencio.
Se escuchan voces imperiosas y golpes secos, seguidos de algún grito de dolor. Una letanía patética, un llanto persistente se escucha sordamente, de fondo. Adivino que son las chicas que corrían adelante. A un par las conocía de vista, de Halley.
Pasados veinte minutos o más, oímos todos lo mismo: el pseudo silencio de la ciudad. Los autos de la avenida, algún grito lejano (en otras calles hicieron el mismo juego y todavía dura la cacería).
Vemos pasar patrullas por la avenida: son las que andan buscando a los ingenuos que vuelven a la escena del crimen. Cinco minutos más y voy de voluntario hasta la esquina de la calle paralela a Libertador, como unidad de reconocimiento avanzada. El corazón me explota en el pecho -estoy muerto de miedo- pero no puedo hacer el gallina delante de la monada. De hecho, me siento bastante mal por las chicas. Un barrito de culpa que no sé como explicar.
Miro con cautela hacia donde creo que están los ratis y veo la calle despejada. Hago señas y salen todos.
Resultamos ser unos ocho. Nos presentamos. Los que nos conocemos hacemos comentarios graciosos. El Flaco es terrible:
- Como corrías, boludo, con esos tacos que tenés y las lanas al viento parecías un travesti fugando por Godoy Cruz. Si te viera Lemmy…, -sabiendo que no sirve de nada ofenderse, el aludido se ríe (mientras lo hace decide –seguro- que esta noche será la ultima vez que se ponga esas botas ridículas con tacos).
- A las minas se las llevaron también, que hijos de puta, -suelta el que parece ser el más chico del grupo, pinta de ramonero (unos quince años, aunque esa malicia callejera que se le adivina en las pupilas lo desmienta).
Seguimos juntos esa noche. Encontramos donde comprar cervezas y nos gastamos hasta la última moneda. Hablamos del recital, del que también participó Exodus, otras de nuestras bandas favoritas. Pero también de otras bandas, recitales y discos.
No, no matamos a nadie, ni hicimos ningún aquelarre siniestro, ni rompimos nada. Sólo nos quedamos sentados criticando a Metallica, que ya había sacado el álbum negro y añorando los días Master of Puppets. Si, hace quince años.
Después descubrimos que algunos éramos de San Martín y aledaños, y otros de Morón y aledaños. Llegó la hora de separarnos. Quedamos en juntarnos para el próximo recital del veranito menemista: Megadeth.
Anote en el reverso de la entrada el teléfono de un tal Sergio, para coordinar la juntada. Al otro día la pasé a la agenda, puse “Sergio de Morón (Motorhead)” y un número de teléfono.
Nunca lo llamé. El recital se canceló, porque el colorado Mustaine entró otra vez en “rehab”. Nos dieron a cambio entradas para Pappo y los Widowmakers.
Al recital de Pappo me lo perdí. No me dejaron salir del hospital.
Pero esa es otra historia.

Esta modesta historia se escribió un 16 de septiembre, y está dedicada a los caídos por cometer el pecado de ser jóvenes. Entre ellos están los chicos de la Noche de los Lápices, Walter Bulacios, y obviamente, también los ciento noventa y cuatro (cómo cuesta escribir esta cifra) de Cromañon.

Add comment Septiembre 17, 2006

Margarita.

El verano ponía su toque húmedo y sofocante a una Buenos Aires nocturna, que se dejaba embromar sumisa.
Los bohemios son escasos en estas condiciones. Sólo los de la creme somos capaces de sufrir esta densidad atmosférica de sótano con un whisky dudoso entre el vaso y el garguero. Con tal de llenar la oreja de jazz y blues…
Margarita es una hermosa morena, pasando los cuarenta. En la barra de este piringundín, toma muy espigada un champán nacional con un énfasis tal, que merece mas bien uno franchute. Pero es lo que hay.
Sonríe cuando algún galán le dedica una mirada de halago. En alguna parte sentida, cierra los ojos y contonea módicamente un corto vestido negro, sincopando el ritmo aún más. El piano presume de esa conmoción, porque se adorna mejor con silencios y semifusas.
Margarita fue bailarina, media vedette sin suerte y menos convicción, novia eterna -en las sombras anónimas- de un músico otrora de mediana fama (que cuando no se sentía visto ni oído podía tocar Summertime como los dioses), a quién acompaño de gira -sin ilusión ya, pero era lo que había- a México y España. La abandonó en pleno Madrid, una noche de Julio tan caliente como este Enero, después de una discusión estúpida.
En una buhardilla española pasaron sus quince minutos de fama desapercibidos, entre la droga fácil y la vida dura, musa y modelo de un pintor lleno de dudas y complejos.
La cazó una razzia anti ilegales marfileños y la deportaron bastante vehementemente. “Sin empleo y sin oficio”, decia la causa.
Hoy trabaja en un negocio de Barracas y apenas le alcanza. Sale a flote haciendo unas velas caseras que prepara a pedido, con lo que está cosechando una fama de manosanta que la incomoda pero es lo que hay.

“El Saco” está sentado solo en la mesa que más interrumpe el paso entre el dudoso escenario y la barra. Es un hombre canoso, percherón, bien vestido (de ahí el sobrenombre de “El Saco”, que los mozos y habitués del lugar le pusieron -con algo de matufia rea y lunfarda- porque le quieren sacar propinas o tomarle un poco de ese whiscacho importado). El no ignora estas intenciones. Aprovecha la fingida simpatía y deferencia que provoca su billetera, para ser unos de los parroquianos más insoportables del planeta. Pide “más de la porquería esta” a los gritos, demanda canciones a los músicos que ellos jamás complacen (para tocar por plata, mejor estar en Grandes Valores o en algún combo salsero de los que tocan por Constitución), y dice piropos semi obscenos a cuanta mujer sola pase cerca. Las pocas prostitutas que frecuentan el local visitaron ya su escasa generosidad hace tiempo y hartas, se le alejan.

Ese modestísimo champán que bebe Margarita fue atención del hombretón. Lo aceptó con un guiño al mozo, que se jugaba la propina.
Los maestros terminaron una versión muy sutil de “Take me to the moon” y fueron al descanso con un “Gracias, son ustedes muy amables”. Cuatro aplausos y la interrupción del respetuoso silencio les iba llenando la espalda a medida que se retiraban hacia los baños (y hacia la anhelada nueva puesta en órbita).
El pianista pasó adrede cerca de Margarita y le dedicó una mirada de reconocimiento (“Vaya, hoy vale la pena tocar para vos”, pareció decirle). La morocha sonrió como sólo una morocha puede hacerlo.
“El Saco” aprovechó el momento para aparecerse con una sonrisa de fauno jubilado e interrumpir (”Interrumpir” debía ser su segundo nombre) la tácita comunicación.
- Disfruta la música, parece…
- Si. Gracias, caballero, pero no se hubiera molestado… - pensando en el viejo mozo (al que le conocía los nietos por las fotos de la billetera), fue amable.
- Por favor, usted lo merece. Esa Coca llevaba más de una hora abierta.
Ocultando una mueca de desprecio, la mujer sonrió con una sonrisa de vidrio.
- Bueno, le agradezco la invitación…
“El Saco” giró sobre sus talones, dio un paso y medio hacia su mesa y se volvió, diciendo en voz bien alta:
- Mi mesa tiene una silla libre. Si desea, puede hacerme compañía. Habrá mas champán… - Le dijo más a la clientela del lugar que a Margarita.
- Gracias, es usted muy amable. Espero a alguien…
Y miró de reojo con esperanza la puerta del baño que permanecía cerrada.
Desde el fondo se oían risas de mujer. Era Josie, una prostituta esporádica, que venía al café primordialmente para ver si conseguía el puchero de mañana, pero también para no sentirse tan muerta.
Al rato, los músicos salieron del baño y fueron hasta donde se encontraba el dueño del lugar. Marcos, un pelado malandra, bajo y con la cara picada de viruela (Había sido mozo en dos docenas de bares, así que tenía la sensibilidad de un portero. Tacaño, les robaba las monedas de propina a los mozos). Levantó la vista en cuanto los vio venir.
El contrabajista se adelantó y tuvo unas palabras con Marcos. Este se alteró visiblemente. El contrabajista miró al pianista, que se encogió de hombros, miró hacía Margarita con resignación y se fue del local.
Los otros dos músicos retiraron sus instrumentos e imitaron al pianista. El contrabajista dejó -con un gesto ostensible- unas monedas de propina sobre la barra.
- Acá les dejo, muchachos. Ojo los manolargas… -y miro a Marcos con una sonrisa.
Un lamento se levantó entre los parroquianos cuando los músicos se fueron.
Marcos pusó -otra vez- ese gastado cassette de Tom Jobim, apagó el cigarrillo en un vaso sucio que estaba abandonado sobre la barra (viejo truco, para que nadie adoptara al mostrenco) y tomo las monedas para ponerlas en el frasco de las propinas, mientras miraba con ojos de fullero a los mozos, que lo relojeaban.
A Margarita Tom Jobim le pareció por primera vez insoportable. Miró a “El Saco” que la esperaba impaciente. Había corrido la otra silla de su mesa como haciendo lugar.
Pensó un instante. Escanció el ultimo trago de champan, tomó su cartera y pagó su Coca Light a Marcos.
Se fue. Detrás del pianista.

Add comment Septiembre 9, 2006

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